viernes, 17 de octubre de 2008

Lo más pinche de la política


¿Qué es lo más pinche que has hecho en tu vida? No es necesario buscarle tanto. No tienes que cerrar los ojos, meditar o hacer un gran esfuerzo para obtener la respuesta. Sin caer en atrocidades como herir, matar, violar o secuestrar −que escalan el nivel de brutalidad y malicia humana− probablemente sean robos, engaños, mentiras o descuidos, las faltas más recurrentes y confesables de una persona promedio.

La política tiene una serie de recompensas y los políticos las cosechan tarde que temprano. Detentar el poder, tener información privilegiada, ser respetable y conocido, establecer contactos y hacer negocios. Todo ello sirviendo a la gente, trabajando −como su encargo lo establece− para bien de la sociedad. Pero esto de la política también saca a relucir lo peorcito de quienes la ejercen profesionalmente. En los próximos comicios electorales, todo candidato aludirá a su propia capacidad personal para ocupar el cargo por el que contiende. En equipo con los demás postulantes de sus mismas siglas, pretenderán constituir una atractiva fama en torno al partido que abanderan y la plataforma ideológica que éste promueve. Prometerán crear empleos, ofrecerán una mejor calidad de vida, o mayor seguridad. En fin, perfeccionar la gestión anterior. Pretenderán que les creamos, que confiemos en ellos. Pero hay algo que quizás no tienen presente: el pasado.


Es el tiempo pasado lo que nos mantiene críticos y nos permite no ser ingenuos. El historial de estos hombres y mujeres que suplicarán por nuestro voto está bien presente en nuestra memoria. Sabemos de las componendas y triquiñuelas de partidos políticos, personajes públicos e instituciones por igual. Estamos conscientes de lo que son capaces de hacer en momentos específicos. La historia se repite y los individuos actúan según su experiencia. Hemos sido testigos de fraudes electorales y estafas económicas, sobornos, nepotismo, robo, abuso de autoridad, extorsión, espionaje, represión, desapariciones y tráfico de influencias. Al fin todos delitos, al fin todos impunes.

¿Son entonces estas prácticas comunes ya institucionalizadas lo más deleznable del poder? ¿O son los políticos −quienes llevan a la práctica este tipo de reglas no escritas− los últimos responsables de que esto no se repita? “Así es el sistema”, o “el que no tranza no avanza”, soltarán inconscientemente varios. No basta con desmarcarse de grupos, corrientes y hasta padrinazgos en tiempos electorales. Es la rendición de cuentas la que no transita del discurso y las buenas intenciones a la realidad. Y es todavía más complicado cuando los que han incurrido en una serie de irregularidades ya han tejido su red de protección. ¿Qué se sentirá ser parte de lo más pinche de la política?



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