¿Puede considerarse alternativo un discurso autoritario de izquierda?
Y contesté: Yo reconsideraría el planteamiento de la pregunta y la reescribiría de la siguiente manera "¿Puede considerarse autoritario un discurso alternativo de izquierda?". Asumiendo las causas que tienen al país en la situación en la que éste se encuentra, ¿qué es más autoritario que el discurso hegemónico del juego de buenos y malos, ricos y pobres o pacíficos contra violentos? En la realidad actual de la política mexicana, la izquierda —sea cual sea— es sinónimo de rijosidad, inestabilidad, violencia callejera, un peligro para México. ¿Qué es más autoritario que dos gigantescos fraudes electorales, represión social, violación sistemática de los derechos humanos, componendas judiciales para exonerar delitos del más alto nivel, represión y censura, asesinatos y un permanente modus operandi basado en la simulación? Cuando las instituciones sólo le sirven a la minoría oligárquica —que monopoliza el interés público y lo privatiza a su favor— no queda más que procurar ejercer métodos alternativos para allegarse de vías para la construcción del poder. Cuando esto ocurre, es tiempo de reevaluar el arreglo institucional y considerar la pertinencia de su función y estructura. Ante el verdadero autoritarismo, proveniente del régimen, las minorías —cuya representación política es aplastada por medio de todas las vías imaginables— no deben quedarse calladas. Quizás en este país estemos acostumbrados a la lucha autoritaria como vía única para dignificar causas y conseguir objetivos específicos. Tal vez por eso detectemos autoritarismo en cualquier viso de alternativa política.


El affairse Mouriño estuvo en boga durante muchas semanas, mientras la oposición iba ganando terreno en la discusión contra la posible iniciativa de reforma energética que presentaría el gobierno y los supuestos fines privatizadores de ésta.
La discusión está frenada. La parálisis legislativa se superó y ambas cámaras sesionaron hoy en sedes alternas. Ahora el debate es de números: 120 vs 50 días. Cuatro meses contra poco menos de dos. Pero entre días, sedes, protestas, albazos, ayunos, fast tracks, mítines, negociaciones y discursos, parece que las adelitas son ahora el foco de críticas de los exaltados incendiarios de la democracia liberal. De Mouriño ni quién se acuerde.


